- Te hecho una carrera.
- ¡Quién llegue el último es tonto!
-Oye eso no vale, no estaba preparada. - Me paré a esperarla. Al poco rato llegó a mi lado, me miro muy seria y hecho a correr. Intente pillarla pero ya casi había llegado a el lago. Lago... dejémoslo como mini-lago. Cuándo conseguí llegar, ella se estaba quitando los pantalones.
-No querrás que me bañe con la ropa ¿no?
No contesté y la imite. Cuándo me quedé en ropa interior, metí un pie en el agua, que por cierto, estaba cristalina, para ver que temperatura tenia. ESTABA HELADA. Paula ya estaba dentro y me salpico para que me metiera.
-Si no te metes por los peces, no te asustes. Sólo muerden si yo lo digo. - añadió con una risita. Se acercó y me salpicó. Al final me acabé metiendo. A la media hora salimos del agua, porque nos estábamos helando. Cogimos la ropa intentando no mojarla y fuimos a la cabaña a por unas toallas.
- Que f... f... frio. - Dijo Paula mientras tiritaba. Le puse una manta por encima.
-Ahora solo falta que te pongas mala.
-No, el frio se me pasará pronto, ya veras. - Me acerqué a ella y nos sentamos apoyados en unos cojines de la pared, los dos tapados con una manta.
-Gracias por enseñarme el sitio y por confiar en mi. - Añadí. Todavía no se lo había dicho en todo el día y creí que no estaría nada mal agradecérselo.
-No tienes que dar las gracias, si lo he hecho es simplemente, porque mereces mi confianza.
Un silencio invadió la pequeña cabaña. Ahora estoy completamente seguro, la quiero. Es una chica totalmente diferente a las demás y eso me gusta.
-¿Podrías contarme un cuento? - Añadió Paula interrumpiendo mis pensamientos.
-Claro. En un pueblo perdido por el monte vivía una chica muy especial llamada Paula. Paula, un día, conoció a su nuevo vecino en el cual decidió posar toda su confianza y mostrarle un sitio especial para ella. Él, no sabia que hacer para agradecerle ese acto que ella había tenido con él, así que... - Posé mis ojos sobre Paula.
-Así qué.. ¿Qué? - Dijo intrigada. Nuestros ojos se encontraron y pareció que todo a nuestro alrededor se detuviera. Nuestras caras se iban acercando. Ella sonreía y yo... yo me había quedado en blanco. La besé y nos abrazamos. Poco a poco acabamos tumbados en el suelo de la cabaña, tapados y abrazados de tal manera que nuestros cuerpos parecían uno.No nos hacia falta decir nada más, todo estaba dicho. Y así, nos quedamos dormidos.

