Torleros.
El sol empezaba a esconderse entre las montañas. Iba montado en mi moto de vuelta a mi nueva casa.
La idea de mudarme a aquí desde Barcelona no me parecia muy buena cuando me lo dijeron mis padres. Mi padre era un empresario muy famoso, pero por diversas causas su empresa quebró y tuvo que cerrar el negocio. Ahora nos encontramos aquí, en un pequeño pueblo en un valle de los pirineos, el valle de ordesa, el único sitio donde podemos mantener una pequeña casa.
El sonido del claxon de un coche que tenia detras me devolvió a la realidad.
-Bienvenidos a Torla. Población 328 habitantes.- Para ser tan pocos aquello era enorme.
Me levanté la visera del casco y un sinfín de olores mi invadieron. Distinguí entre un claro olor a lavanda y otro más bien a leña recién cortada.
Varios niños jugaban a la pelota en los pequeños huecos que había entre las tiendas del pueblo.
Me dirigí hasta el final del pueblo y luego tomé un desvío a la derecha. Era un camino de tierra sin asfalto por lo que mi moto iba a necesitar unos nuevos amortiguadores dentro de poco.
Árboles enormes que se podian encontrar durante todo el camino y el sonido de los pájaros lo envolvían todo. Por fin llegé a mi destino. El camino de tierra dio lugar a un enorme terreno donde habían varias casas formando un círculo alrededor de un pequeño lago. Deje la moto aparcada a un lado.
Llevaba puestas unas zapatillas algo gastadas, unos vaqueros y una camiseta negra de mangas cortas. Subí al porche de mi nueva casa y cuando iba a abrir la puerta, apareció mi madre.
-Respira hondo hijo mío, esto es aire puro.-Exclamó mi madre abriendo los brazos de forma exagerada.
-Mamá el aire de Barcelona no estaba tan mal, ¿sabes?-Bufé.
-No seas aguafiestas, ya sé que este sitio no te gusta mucho pero tu padre está muy entusiasmado.
Entramos en aquella casa cuyo silencio fue perturbado por el repiqueteo constante de los zapatos andando por todas sus estancias.
Por dentro no estaba nada mal. Había una pequeña sala de estar a la derecha decorada con cuadros de árboles, paisajes con lagos y animales, la mayoría aves. Daban un poquito de miedo.
Dos sofás rodeaban la pequeña tele que estaba cubierta por una fina capa de polvo. Por lo que pude ver, nadie había vivido allí en mucho tiempo. La sala de estar daba justo a la cocina y de allí al comedor. Unas escaleras conducían a la parte superior de la casa. Eran de madera de haya y estaban pintadas de color caoba. Una madera demasiado buena para aquel sitio.
El piso superior constaba de cinco habitaciones: dos dormitorios, dos cuartos de baño y una sala que estaba vacía . “Alguna utilidad le encontraré”, pensé.
Elegí la habitación que daba a la ventana de otra casa que estaba a apenas 3 o 4 metros. Las cortinas estaban recogidas así que pude echar un rápido vistazo a la habitación de mi futuro vecino.
